"Te doy toda esta novela
para que aparezcas". Y con esta frase que lo engloba todo, yo ya no
tendría que añadir nada más.
También podría quedarme en la
superficie y contaros que es una perfecta guía turística de París, y un bonito
recorrido tanto por la ciudad, como por el interior del protagonista. Y la
verdad es que puedes intentar verla así si lo que pretendes es salir indemne de
ella. Pero allá tú si eso es lo que quieres. Y yo, ni quiero ni puedo. Cuando
una novela es tan generosa, estás en deuda con ella, y lo mínimo que se puede
hacer es desnudarse de la misma manera que lo hace ella.
“La parte escondida del iceberg”
es la última novela de Màxim Huerta. Pero esta vez no recurre a la ficción para
escribirla, sino que se muestra de verdad, exponiéndose completamente al
desnudo. En ella repasa momentos de su infancia, de su madurez, con su familia,
con sus amigos o con sus colegas de profesión. Pero sobre todo habla de su
amor. No ‘del amor’ como algo genérico. No del amor fraternal o filial. No. De
SU amor. De ese amor que nos marca para para siempre. Ese amor que con un poco
de suerte todos hemos tenido, y que en muchos casos algunos hemos perdido.
El autor se muestra tal y como
es, lejos de tabúes y convencionalismos, haciendo un recorrido interior y
exterior por esa relación que terminó, pero que no llegó a cerrar en su momento,
por ese amor mayúsculo que merece la pena ser vivido hasta las últimas
consecuencias, aunque estas sean dolorosas. Y Màxim lo hace públicamente, regalándonos cada
minuto de ese exorcismo interno y haciéndonos cómplice de él.
Para ello viaja a París, y
nos lleva de la mano mostrándonos las calles y los lugares que una vez recorrieron
juntos. Un paseo que tiene algo de ceremonial, y que es una despedida de una
etapa. Un punto y final escrito, para poder empezar de nuevo.
Y es que todos tenemos un París
al que volver a cerrar heridas. Y ha habido momentos en los que las palabras de
este libro se me han ido clavando como agujas, en la medida que lo iba leyendo.
Me ha dolido y me ha hecho llorar sin consuelo, hasta el punto de tener que
apartarlo alguna vez, haciéndome reconocer que yo no había sido capaz de volver
a mi París particular a cerrar del todo alguna etapa de mi vida. Porque, como
me dijo una vez una amiga, uno sufre y tarda en olvidar en la medida en la que
uno ha amado.
Esta novela es como ese chocolate
caliente que te tomas en invierno: que hay que beberlo poco a poco, sorbo a
sorbo, porque te quema en cada trago, pero al final te reconforta y te quita el
frío. Y antes he dicho que yo no había vuelto a mi París particular. Pero este
libro ha conseguido que lo haga, que realice ese paseo y me despida de algunos
lugares y algunos momentos que tenía pendientes. No físicamente, está claro,
pero sí interna y emocionalmente. Sí he transitado esas calles que debía haber
recorrido hace tiempo.
Y según iba leyendo iba siendo
consciente de muchas cosas que no había sido capaz de ver. Me he dado cuenta que
todos somos una casa en la que, si se va un inquilino, debemos volver a acondicionar
las habitaciones para que vuelva a ser un hogar. Porque si no, se terminarán
formando goteras, y o las reparamos o nos tendremos que acostumbrar a vivir con
ellas.
Y he sido consciente de que somos
un iceberg, que nuestra parte escondida es mucho mayor que la visible. Y que
eso que no se ve, que muchas veces creemos que va a terminar hundiéndonos, es
lo que realmente nos mantiene a flote.
Iba avanzando en el libro, y a la
vez me iba dando cuenta de lo que me iba a costar escribir esta reseña, por
diferentes motivos. Por un lado, porque me parece tan maravillosa, tan bien
escrita, tan real y tan perfecta, que cualquier cosa que pudiera yo decir de
ella se iba a quedar corta, y que nada de lo dijera podría reflejar certeramente
todo lo que me ha hecho sentir.
Y por otro lado, porque estaba
siendo consciente de que escribir esta reseña, me iba a obligar a abrirme de una
manera que creo que nunca había hecho por aquí.
Y el exorcismo de Màxim, lo
convertí en el mío. Alejando fantasmas, cerrando puertas que pensaba que hace
tiempo estaban clausuradas, pero a las que faltaba echar el cerrojo. Recorrí ese
París mío, que no es el mismo que el suyo, pero que es el mío. O lo era, porque
quizás ya no me pertenece. Y me ayudó a quitar el polvo a las habitaciones y a reparar
las goteras. Incluso llegué a darle una manita de pintura al techo.
Terminé el libro. Y me lo quedé
mirando cerrado, yo sentada con las piernas encogidas, sobre mi sofá. Y seguí
mirándolo. Y seguí llorando. Porque ha sido el libro que me ha hecho llorar
ríos. El libro que más me ha tocado y removido en mi vida. Que me ha roto por
dentro y después me ha reconstruido.
Y su final es, de alguna manera,
mi principio.
Esta es la novela más personal de
Màxim, y se va a quedar conmigo y en mí para siempre. Y esta es posiblemente la
reseña más personal que he escrito.
Màxim, te doy esta reseña para
que nunca te vayas.